Por Lentesónica – Detrás del mercado – Imaginemos, como ejercicio historiográfico, que nos situamos en la ciudad de Roma hacia el año 400 después de Cristo. Ante nuestros ojos se alzan columnas de mármol, acueductos que aún transportan agua, foros colmados de edificios monumentales y el Coliseo, símbolo del poder político y cultural de una civilización que domina tres continentes. Roma es, en ese momento, el centro del mundo conocido y el corazón de un imperio que lleva casi mil años expandiéndose, reorganizándose y sobreviviendo a crisis sucesivas. Para un ciudadano romano de esa época, la idea de que esa ciudad quedaría reducida a ruinas vacías en pocas décadas habría resultado absurda. Roma era eterna. Roma era invencible. Sus sistemas parecían demasiado grandes, demasiado complejos y demasiado sólidos para colapsar.
Ese mismo sentimiento de invulnerabilidad es reconocible si trasladamos el ejercicio al presente. Basta situarse en Times Square, observar los rascacielos, las pantallas que anuncian récords financieros, el alcance global del poder militar estadounidense y la centralidad del dólar en la economía mundial. La reacción contemporánea ante la idea de un colapso imperial estadounidense es prácticamente idéntica a la del ciudadano romano: incredulidad, burla y negación. Estados Unidos es percibido como demasiado grande para fracasar.
Sin embargo, la historia no es una sucesión arbitraria de acontecimientos aislados. Es, más bien, un proceso estructurado por patrones recurrentes, impulsado por constantes humanas que trascienden épocas, tecnologías y culturas. Los imperios no son excepciones a la historia; son sus expresiones más visibles. Y como tales, siguen ciclos reconocibles de ascenso, expansión, sobreextensión y declive.
Lo inquietante del colapso romano no es que haya ocurrido, sino lo reconocibles que resultan hoy sus causas. Roma no cayó de manera súbita ni fue derrotada exclusivamente por fuerzas externas. Su colapso fue lento, interno y acumulativo. Fue el resultado de decisiones económicas, políticas y sociales que erosionaron progresivamente su estructura hasta volverla incapaz de sostenerse.
Uno de los elementos centrales de ese proceso fue la degradación del sistema monetario. Durante siglos, la economía romana se apoyó en el denario de plata, una moneda cuyo valor estaba anclado a un metal tangible. Ese dinero sólido fomentó el ahorro, la planificación a largo plazo y la estabilidad económica necesaria para financiar infraestructura, ejércitos y expansión territorial. El valor no dependía de la confianza en el Estado, sino de la materialidad del propio dinero.
No obstante, el éxito imperial trajo consigo un problema estructural. A medida que el territorio se expandía, también lo hacían los costos de mantenimiento: ejércitos permanentes, infraestructura en múltiples continentes y una población urbana cada vez más dependiente del Estado. El famoso sistema de “pan y circo” no fue una extravagancia cultural, sino una estrategia política para contener tensiones sociales en una economía que ya no podía absorberlas productivamente.
Cuando los ingresos dejaron de cubrir los gastos, Roma enfrentó una disyuntiva clásica: reducir costos, aumentar impuestos o alterar el dinero. Eligió esta última opción. A partir de Nerón, el contenido de plata de las monedas comenzó a reducirse sistemáticamente. Lo que inició como una medida excepcional se transformó en una política estructural. Durante dos siglos, la moneda fue degradándose hasta convertirse, en la práctica, en un instrumento fiduciario sin respaldo real.
Las consecuencias fueron previsibles: inflación, destrucción del ahorro, colapso de la clase media y pérdida de confianza en el Estado. Las leyes de control de precios, como el edicto de Diocleciano, no hicieron sino agravar la escasez. Cuando el dinero dejó de representar valor real, también se quebró el contrato social. Los soldados dejaron de defender un sistema que los remuneraba con moneda sin valor. Roma no fue conquistada; fue abandonada desde dentro.
Este patrón no pertenece exclusivamente al mundo antiguo. Estados Unidos inició su trayectoria imperial con un sistema monetario respaldado por activos reales. Durante gran parte de su historia, el dólar fue convertible en oro, lo que imponía una disciplina fiscal objetiva. Esa base monetaria sólida permitió la construcción del aparato industrial más poderoso de la historia moderna.
Sin embargo, como ocurrió con Roma, el éxito condujo a la sobreextensión. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos asumió el rol de potencia hegemónica global, desplegando fuerzas militares en todo el planeta mientras expandía simultáneamente un vasto estado de bienestar interno. Las ambiciones superaron al presupuesto. En 1971, al abandonar la convertibilidad del dólar en oro, el país tomó una decisión estructuralmente comparable a la degradación del denario romano.
Desde entonces, la creación monetaria dejó de tener límites materiales. La deuda creció de forma exponencial, la economía se financiarizó y la emisión de dinero se convirtió en el mecanismo principal para sostener un sistema cada vez más costoso. Cada dólar creado diluye el valor de los existentes, replicando, en otra escala y con otra tecnología, el mismo proceso que debilitó a Roma.
La historia de los imperios muestra una regularidad inquietante. Asirios, persas, griegos, romanos, otomanos y británicos compartieron una duración aproximada de dos siglos y medio como potencias dominantes. Estados Unidos, fundado en 1776, se aproxima a ese umbral histórico en 2026. No se trata de una profecía, sino de una observación estadística sobre ciclos de poder.
El error final de Roma fue creer que las leyes económicas no se aplicaban a ella por ser Roma. El error contemporáneo de Estados Unidos es asumir que, por emitir la moneda de reserva mundial, puede expandir indefinidamente su deuda sin consecuencias. La historia sugiere lo contrario. Cuando el dinero pierde credibilidad, la cohesión social se fragmenta y el imperio entra en una fase irreversible de declive.
El colapso no implica necesariamente una desaparición inmediata, sino la pérdida de estabilidad, seguridad y hegemonía. Roma siguió existiendo después de su caída, pero ya no fue Roma. Del mismo modo, Estados Unidos puede continuar existiendo como nación, pero no como imperio.
La historia no ofrece consuelo ni excepciones. Ofrece advertencias. Y una de las más persistentes es esta: ningún imperio es eterno, especialmente aquellos que creen haber escapado al ciclo.