Por Lentesónica – En enero de 2026, la política china entró en una nueva fase de incertidumbre cuando medios internacionales y fuentes oficiales confirmaron que Zhang Youxia, vicepresidente de la Comisión Militar Central (CMC) y el general de mayor rango en activo del Ejército Popular de Liberación (EPL), está siendo investigado por “graves violaciones de disciplina y de la ley”. La fórmula, habitual en el lenguaje del Partido Comunista de China (PCCh), suele anticipar acusaciones de corrupción, abuso de poder o deslealtad política.
La gravedad del caso no radica solo en el rango de Zhang, sino en su perfil. Veterano con experiencia real de combate —una rareza entre la actual cúpula militar china— y considerado durante años un aliado cercano de Xi Jinping, Zhang ha sido una figura central en el aparato de defensa. Su investigación representa el golpe más alto y simbólico de toda la purga militar emprendida desde 2012, y marca un punto de inflexión: ni siquiera los hombres del círculo interno parecen ya intocables.
La investigación contra Zhang Youxia, junto con la de Liu Zhenli, jefe del Departamento del Estado Mayor Conjunto, envía una señal inequívoca al interior del EPL. La lealtad histórica, la cercanía personal con Xi o el prestigio militar no garantizan protección si el liderazgo percibe riesgos para la disciplina política. Desde la Revolución Cultural no se había visto una ofensiva de este calibre contra oficiales activos de tan alto rango.
Este episodio no surge en el vacío, sino que es la culminación de más de una década de purgas sistemáticas que han redefinido la relación entre el poder político y el estamento militar en China.
El ejército como pilar del poder de Xi Jinping
Para entender el alcance del caso Zhang, es necesario recordar un principio fundamental del sistema chino: el Ejército Popular de Liberación no responde al Estado, sino al Partido Comunista. Desde su llegada al poder en 2012, Xi Jinping ha insistido en que “el Partido manda sobre el fusil”, una máxima maoísta que adquiere renovada vigencia bajo su liderazgo.
El control del EPL es, para Xi, una cuestión existencial. En un contexto de rivalidad estratégica con Estados Unidos, tensiones crecientes sobre Taiwán y ambiciones geopolíticas de largo plazo, cualquier fisura en la lealtad militar representa una amenaza directa al régimen.
La purga militar se inscribe formalmente en la gran campaña anticorrupción lanzada por Xi al asumir la secretaría general del PCCh. En el ejército, la corrupción había alcanzado niveles estructurales: compra de rangos, sobornos para ascensos, desvío de fondos en adquisiciones y redes clientelares que operaban con relativa autonomía.
Xi trasladó los mecanismos de supervisión y disciplina militar directamente bajo la Comisión Militar Central, que él mismo preside. De este modo, la lucha contra la corrupción se convirtió también en una herramienta de control político centralizado.
Las primeras purgas: derribar a los “tigres” militares
Entre 2012 y 2016, la campaña produjo caídas históricas. Xu Caihou y Guo Boxiong, ambos exvicepresidentes de la CMC, fueron acusados de corrupción masiva vinculada a la venta de ascensos. Xu murió antes de ser juzgado, pero Guo fue condenado en 2016 a cadena perpetua.
Estos casos rompieron un tabú: nunca antes se había castigado de ese modo a figuras tan altas del EPL. El mensaje fue contundente y deliberado: el ejército ya no era un santuario protegido del poder central.
A partir de 2016, la purga se combinó con una profunda reorganización del EPL. Xi disolvió las antiguas regiones militares, creó comandos conjuntos y debilitó redes tradicionales de poder. Esta reingeniería institucional facilitó la vigilancia política y redujo la autonomía de los mandos regionales.
En este período cayó Fang Fenghui, jefe del Estado Mayor Conjunto, condenado en 2019 a cadena perpetua por aceptar sobornos. Su sentencia confirmó que la purga no era retórica, sino un proceso sostenido con consecuencias reales.
Desde 2021, y con mayor intensidad a partir de 2023, las purgas se volvieron más frecuentes y visibles. Altos oficiales comenzaron a desaparecer de actos públicos, seguidos por anuncios oficiales de expulsión del Partido por “violaciones graves”.
Entre los casos más llamativos figuran los de Wei Fenghe y Li Shangfu, ambos exministros de Defensa, así como múltiples comandantes de la Fuerza de Cohetes, un sector estratégico encargado del arsenal misilístico y nuclear. El hecho de que esta rama clave fuera duramente golpeada generó alarma entre analistas internacionales.
En 2025, la expulsión simultánea de nueve generales de alto rango confirmó que la purga había alcanzado una escala inédita desde la era de Mao.
Juicios, castigos y silencio institucional
Pese a la magnitud de los casos, el sistema chino mantiene una opacidad casi total en materia judicial militar. Algunos oficiales han recibido condenas formales, como cadenas perpetuas, pero muchos otros son simplemente expulsados del Partido, detenidos por tribunales militares o borrados de la vida pública sin información adicional.
Este silencio refuerza el carácter ejemplarizante de la purga: el castigo es tan político como legal, y su función principal es disciplinar al conjunto del aparato militar.
Internamente, la purga ha consolidado el control de Xi Jinping sobre el ejército y le ha ganado adeptos, pero también ha generado interrogantes sobre la pérdida de experiencia, la moral de los mandos y la estabilidad del liderazgo militar. Externamente, plantea dudas sobre la capacidad operativa del EPL en un escenario de crisis real, particularmente en relación con Taiwán o un conflicto de mayor magnitud.
Comenzar la historia con Zhang Youxia no es solo una decisión narrativa, sino analítica. Su caída potencial simboliza el punto al que ha llegado la purga: un proceso que ya no distingue entre aliados y rivales, y que refleja la determinación, para algunos, de Xi Jinping de ejercer un control absoluto sobre las armas del Estado-partido.
La gran incógnita es si este modelo fortalecerá al ejército chino a largo plazo o si, por el contrario, sembrará fragilidades internas en un momento de alta tensión global. Lo que sí parece claro es que, en la China de Xi, la corrupción ha sido combatida frontalmente pero con el costo de subordinar el poder militar a la voluntad de un solo hombre. Algo muy parecido al escenario actual del poder militar que el presidente estadounidense, Donald Trump, ha ejercido en Irán, Siria y Venezuela evadiendo el consentimiento y aprobación del Congreso.