Por Lentesónica – Si algo ha quedado claro en lo que va de 2026 es que la falda volvió al centro de la conversación, pero no como un “revival” nostálgico ni como una tendencia impuesta desde las pasarelas. La falda está de vuelta porque la gente la está reclamando, resignificando y usando desde la calle, desde el cuerpo y desde la decisión personal. Y eso, en tiempos como estos, no es poca cosa.
En las semanas de la moda, en el street style y en las redes, no hay una sola falda que domine. Las hay mini, midi, maxi; ajustadas o amplias; de mezclilla, plisadas, estructuradas, transparentes o utilitarias. Aquí no hay reglas claras ni jerarquías, y precisamente ahí está su fuerza. La falda ya no responde a un molde ni a una expectativa de género, edad o cuerpo. Responde a quien la usa.
Después de años donde el pantalón oversize, el athleisure y las siluetas neutras dominaron el panorama, la falda irrumpe como una alternativa que permite jugar con el movimiento, el volumen y la expresión sin sacrificar comodidad. En 2026, una falda puede ser tan práctica como un pantalón y tan poderosa como un traje completo. No es “vestirse lindo”, es vestirse con intención.
Pero este fenómeno no se puede leer solo desde la moda. La falda carga una historia pesada: durante décadas fue una prenda usada para regular cuerpos y reforzar roles, especialmente sobre las mujeres. Hoy, ese significado se rompe. La vemos en colecciones sin género, en cuerpos diversos, combinada con botas gruesas, camisas amplias, chaquetas utilitarias. Vestir falda ya no es cumplir una expectativa; es ejercer una elección.
En la calle —que es donde de verdad se valida cualquier tendencia— la falda se ha integrado a lo cotidiano: camisetas gráficas, tenis, sandalias, mocasines, chaquetas livianas. No hay solemnidad ni rigidez. Hay vida real. Y eso explica por qué esta prenda ha logrado conectar con tanta gente en contextos tan distintos.
También hay un factor práctico: en un momento donde cada vez se cuestiona más el consumo rápido, la falda aparece como una pieza versátil y duradera, capaz de reinventarse temporada tras temporada. No depende del momento; se adapta a él.
En 2026, la falda no manda un solo mensaje. Dice muchas cosas a la vez: comodidad, autonomía, diversidad, juego, resistencia. No vuelve al clóset como símbolo del pasado, sino como una de las prendas más contemporáneas del presente. Porque hoy, más que seguir tendencias, la moda va de decidir cómo y para quién nos vestimos. Y en esa conversación, la falda está diciendo mucho.