Más de mil protestas tomaron forma y continuan durante este fin de semana en todo Estados Unidos como respuesta a una nueva escalada de violencia vinculada a operativos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Las movilizaciones surgieron tras una serie de tiroteos ocurridos esta semana en Minneapolis y Portland, Oregón, que dejaron tres personas heridas, una de ellas mortalmente, y reavivaron un debate nacional sobre el uso de la fuerza, la política migratoria y el alcance del poder federal en las comunidades.
Desde Manhattan hasta ciudades pequeñas del sur y el medio oeste, las calles se llenaron de manifestantes pese al frío y la lluvia invernal. En Nueva York, largas columnas avanzaron por avenidas centrales; en Arizona y Florida, las protestas se concentraron frente a oficinas de representantes federales; en Connecticut, una manifestación reunió a decenas de personas frente a una gran cadena comercial, conectando el tema migratorio con el impacto cotidiano de las políticas federales en la vida comunitaria.
Las consignas se repitieron de costa a costa, denunciando la presencia de ICE en barrios residenciales y señalando un clima de miedo e incertidumbre que, según los manifestantes, ya no distingue entre estatus migratorio, origen racial o lugar de nacimiento. En ciudades como Filadelfia, las marchas recorrieron espacios simbólicos del poder local hasta centros de detención federal, mientras en Carolina del Norte se alzaban banderas estadounidenses invertidas como señal de protesta y alarma.
El detonante inmediato fue la muerte de la ciudadana estadounidense, Renee Nicole Good, durante una redada migratoria en Minneapolis, un hecho que generó una ola de indignación tras la difusión de videos grabados por residentes que intentaban interferir con el operativo. La rápida circulación de las imágenes en redes sociales convirtió el caso en un punto de inflexión: esa misma noche, miles de personas se congregaron en el lugar del tiroteo y las protestas se expandieron a múltiples ciudades, acompañadas de llamados políticos para frenar o revisar las acciones de las agencias federales.
Un día después, nuevos disparos en Portland, esta vez contra dos inmigrantes venezolanos frente a un hospital, intensificaron aún más el clima de tensión. A medida que crecían las movilizaciones, también aumentaron los arrestos de manifestantes, evidenciando una confrontación cada vez más directa entre autoridades y sectores organizados de la sociedad civil.
El llamado “ICE Out for Good Weekend of Action” se extendió a todos los rincones del país, desde Hawái hasta Maine, con vigilias, marchas y concentraciones coordinadas por una amplia red de organizaciones de derechos civiles y movimientos sociales. Plataformas digitales fueron utilizadas para mapear en tiempo real cada protesta, reflejando la magnitud y el alcance de una movilización que recuerda a otros momentos recientes de protesta masiva en Estados Unidos.
Más allá de los incidentes específicos, el mensaje que recorre estas manifestaciones apunta a algo más profundo: una sensación generalizada de que las políticas migratorias actuales han cruzado una línea peligrosa. Para muchos de los que salieron a la calle, lo ocurrido esta semana no es un episodio aislado, sino la prueba de un sistema que normaliza la violencia y erosiona la idea misma de seguridad y justicia.
Con las protestas aún en desarrollo y la presión pública en aumento, el país enfrenta un nuevo capítulo de confrontación social en el que la migración, los derechos civiles y el poder del Estado vuelven a ocupar el centro del escenario cultural y político estadounidense.